lunes, 28 de abril de 2008

Trascendentalismo Tuning

En algún momento primigenio debió de existir un Mesías del Run-Run, adventor de un Dios de las Grandes Cilindradas. Sólo así cobra sentido la afirmación de nuestra mentora riotinteña: “El Tuning se lleva por dentro”. La risueña muchacha no quiso apropiarse de la autoría de tan elocuente parlamento y, ante la respuesta estupefacta de nuestros rostros, se la devolvió con olimpismo y elegancia a su marido.

Probablemente nuestra interlocutora, médium de un cónyuge ausente, no se refiriera más que a mejoras en guanteras y volantes, equipos de audio y alfombrillas, pero, ¿cómo resistirse a la embriagadora promesa de un Más Allá motorizado? ¿A la seducción de 120 W de potencia en línea directa con un Ser Ultraterreno? Impelida por las palabras de la muchacha, en nuestra imaginación se agolpan, como pelotas de golf levitando en el cosmos de un universo “customizado”, el enjambre de cuasi creencias y seudo espiritualidades con las que salvamos la sustancia viscosa, estéril y fastidiosamente intrascendente de nuestro día a día.

Leo en la Tuning pedia (http://www.tuningpedia.org/Portada): “El Tuning de vehículos es una de las respuestas hacia la creciente demanda desde hace unos años a la personalización de nuestras posesiones, para hacerlas de alguna manera u otra singulares.”

Tunea, my friend.

jueves, 24 de abril de 2008

Esclavos de la autenticidad (E-714)


¿Qué es la autenticidad (E- 472), amigos? Esta es la gran pregunta que nos hacemos en cuanto saltamos la frágil línea de nuestra rutina diaria antes de manifestar nuestro espíritu curioso de fin de semana. La búsqueda de la autenticidad (E-213) está testimoniada desde tiempos remotos, y en esta disyuntiva me encuentro en Ávila, en busca del Santo Grial, es decir, del Chuletón de Ávila.

Es viernes santo en una ciudad que se encuentra bajo el auspicio de grandes místicos, circundada por una descomunal muralla guardiana de su secreto cárnico. Curiosa contradicción la de aquella urbe, de tono místico y talante conventual, que homenajea la pasión de Cristo mediante la búsqueda de un bodego tradicional en el que la carne se mide en gramos de kilo (o kilos de gramo), y cuyo plato excede los centímetros de una mesa artúrica. Pero las hordas del peaje continuo no se cansan ante el reto que se les presenta, y los miles de infieles de la carne roja se agolpan por las calles atentos a un pupitre libre que los enajenen de su deuda con el dios de la autenticidad (E-342). Ya en la sobremesa, es curiosa la estampa del turistus borreguensis, que se distrae por las almenas de la muralla (ahí está de nuevo, el turrón de Jijona!!) para elevar su estómago pecaminoso y acercarse al todopoderoso, a menos de un par de horas de la salida de la cofradía del Santo Arrepentimiento.

En nuestro afán de poner una X en la casilla de nuestro encuentro con la experiencia auténtica (E-189), estuvimos a punto de abandonar nuestra fe en favor de un fast food orientalizante, a causa del bullicio. Pero ya cerca de la hora del café, dimos con par de sillas vacías en un semiantro del casco histórico con algunos chuletones aún en el fuego y, ¡Bingo!, ¡ya podemos canjear nuestro ticket y directos a la gloria extrema¡

Una vez me zampé aquel producto semichicloso, quemado, huesudo y estirado le pedí al venerable capataz de la hacienda juglar un listado con los ingredientes del churrasco arrepentido. Y el listado estaba formado por: edulcorante, emulsionante, emulgente, colorante, ternerizante, conservante, restaurante, tendonizante, simpatizante, chuletizante, dopante, etcétera. Una vez más me hago la gran pregunta: ¿Existe la autenticidad (E-000)...?

martes, 8 de abril de 2008

Circuito de Río Tinto. Fórmula 3000


La presentación:
“Bienvenidos a nuestro parque minero, pueden pasar y recoger sus tickets. Les damos este número para que se coloquen en la parrilla de salida y sigan a nuestra guía. Manténganse a la espera y atentos a los altavoces que el tour empezará en el momento en que ella eche mano de su furgoneta e inicie la caravana del dominguero”.


La previa:
Vuelta de reconocimiento, atentos a los tiempos y al mapa del circuito. (Quizás habrá que repostar a mitad de carrera…) Mejor colocamos el coche a la sombra para que no se calienten demasiado los neumáticos de nuestra cabeza y el queso del bocadillo. Breve refrigerio y búsqueda de nuestra posición en la línea de salida.


Miradas desafiantes de los participantes, preocupación por el recorrido e inseguridad de los foráneos. Alemanes, portugueses dudan de su lugar y no saben si podrán atender a la señal de salida.


La carrera:
¡Y si da la señal! Aparece la furgoneta azul y todos a seguir al líder, nosotros cogemos nuestra posición sin conceder ni un centímetro, pero los foráneos se despistan y tiene que andar derrapando por las calles del pueblo hasta tomarnos el rebufo.


“Sí, sí, síganme, por favor les conduciré por el túnel del tiempo hasta los misterios del metal (del vil metal porque pagarán una pasta por ello) y conocerán de primera mano los olores y los colores de nuestra bóveda de eucalipto y de nuestras manchas amarillentas”.


El recorrido:
Pensábamos que sería difícil de resistir con mucha curva de izquierda, muchos kilómetros de paciencia, mucha información que almacenar y hasta cascos de protección para los accidentes. Y nos damos cuenta de que sólo andaremos por la recta -a paso ligero, eso sí- avisados de no salirnos por el único escape de emergencia y de dejar para el regreso las miradas oblicuas y las escaleras en espiral.


Casi no escuchamos las explicaciones que nos transmiten y los pobres alemanes –sinsabores del correr en circuito ajeno- se contentan con fotografiar lo que pueden a falta de palabras comprensibles. Llegada a la boca del túnel y regreso, vuelta y vuelta como el solomillo y cuando queremos preguntar por la línea de llegada nos damos cuenta de que ya nos han bajado la bandera a cuadros y que estamos perdidos de la mano de dios, abandonados a nuestra suerte en territorio lunar pensando que habrían existido 2.999 fórmulas mejores de plantear esta carrera.


Mujeres al borde de un ataque de Nerva


Programados como una locomotora en celo a la hora del café, urdidos por la vorágine de la visita programada, urgentes como la foto instantánea de una estrella fugaz y hambrientos en medio de un desierto lunar; así se encuentra el Concilio, perdidos por el laberinto de una población del tardominerismo y en busca de un par de latas de medio gas que alivien la ingesta de levadura cálcica de finas lonchas de bocadillos a un euro que nos espera.

La visita a la cuenca minera ha comenzado con un susto matutino valorado en 17 euros: un museo mineiro, una antigua mina -un pasillo con olor a humedad, el casco que nos pusimos si era auténtico- y un trenecico a la hora que marca las 16 horas. Son las 15:15 de un sábado en el que las tiendas donde hay de todo han cerrado hasta la sobremesa, pero en nuestro afán de no morir a causa de una ataque de pan carente de jugo gástrico nos revelamos hasta el punto de preguntar a todo posible transeúnte –aún a riesgo de encontrarnos a discípulos de la religión militante a esas horas: Los evangelistas de la moto sin tubo de escape y del coche tuneado- de una tienda donde suministrarnos de bebidas y de un postrecico a la altura de nuestra visita.

Una vez perdida nuestra esperanza, y confiados en la ausencia de cloro de la fuente de un colegio próximo (previo salto de una verja testicular), se nos apareció un oasis en medio de ese paisaje lunar, el dorado que nos faltaba para cumplir nuestro deseo prevaporciano: una tienda de toda la vida, una especie de “todo a cien”, donde lo mismo te venden un cuarto de queso de leche de loba, que una docena de mirindas de naranja, que un ungüento de serpiente transiberiana o una lupa atómica antinuclear, impresionante! Impactados por la rareza de la situación y, después de una entrada marshaliana, nos dispersamos ante la marea humana que circundaba a la lozana dependienta. En aquellas horas intespectivas, los únicos seres vivos que pululaban por aquella localidad eran los nómadas del excursionismo que como nosotros hacían tiempo y algo más, pendientes del silbato timpánico del tren lunar.

La tertulia, que a esa hora se daba, parecía más bien una reunión del CSM (Consejo para el Destripe Semanal) para la evaluación de las infidelidades y los cuchicherios que a esas horas del final de semana ya se habían ejecutado sin previo aviso. Pero no era hora de entrar a debatir los asuntos internos de la población de Nerva, y empezamos a entonar un mea culpa para que el notario de la cortadora de chope nos colara entre la estirpe del corazón subterráneo. Eran las 15:45, y la señora que tenía el cetro parlamentario parecía adivinar la llegada del Apocalipsis, y amenazaba con dejar sin suministros la sección de charcuterías varias para alimentar a sus diecisiete hijastros y a sus veinticinco perros (legítimos, estos si). Después de que las señoras percibieran nuestro descontento e inquietud, se nos acercó la señora que nos precedía en la sobremesa tertuliana y nos entregó una cédula papal en la que nos legitimaban a ocupar el siguiente puesto en el orden del día, y de camino seguir con un rato más de tertulia social, aleluya, aleluya!!!!!!!!!!!!

Horas después de hacer la digestión, y en mi casa degustando aquella experiencia, me sigo preguntado: ¿Por qué no incorporar aquel paraíso humano en la visita programada y quitar la visita a la mina de cartón piedra (ocho euros de P.V.P)?...

Bambi en Marte


Imaginen que, por obra y gracia de la Madre Naturaleza, su código genético les ha dotado de una apariencia grácil, un hociquito tiznado y húmedo y unas orejas puntiagudas como dos picas de baraja inglesa. Imaginen que han abandonado la protección de la arboleda para bajar a desparasitarse a ese río que discurre como la perenne menstruación de la cuenca minera. A su alrededor, un silencio armonioso prefigura una jornada placentera pero, de repente, un rechinar de raíles acompañado de un traqueteo de vagones despiertan el agudísimo oído del que disponen por el propósito de esta historia. Su instinto animal les invita a clavarse en la lengua de tierra en mitad del río. Una vez más, lo innombrable, la hecatombe, el cataclismo: serpenteando la colina, el tren turístico.

Transfigúrense ahora, queridos lectores, en dedos que señalan, cuellos de los que cuelgan cámaras fotográficas y posaderas estacionadas en vagones tuneados. Podría ser Usted, por el propósito de esta historia, el guía del convoy disfuncional, o su compadre el maquinista, cuya camaradería no acaba de hacerse del todo inteligible dado el carácter guadianesco de la megafonía; o podría ser un integrante del grupete de parejitas portuguesas que, para disimular la falta de independencia connatural a los tiempos que corren y la edad que gastan, pasan el tiempo como pueden hasta la noche en que (¡máscaras fuera!) se consumarán esos polvetes allende las fronteras que constituyen el verdadero motivo del viaje; o podría tratarse Usted de uno de los miembros de esas parejas al borde de la jubilación, o del “Imserso Team” (daños colaterales del envejecimiento activo), que escenifican sin descanso el ritual de saludar a cámara, como si un imbécil de labio caído y baba en brazo de sofá fuera el único espectador posible para sus vídeos domésticos de nostalgia exprés; o bien podría Usted rejuvenecer para convertirse en uno de esos niños hiperactivos, sobrealimentados e infrahostiados que, en hora y cuarto, no se quedan sentados ni aunque los grapen al suelo.

La ilusión del juego con el punto de vista enfrenta, por el propósito de esta historia, dos miradas opuestas, y les plantea a Ustedes, queridos lectores, la respuesta a una disyuntiva, la solución para dos naturalezas en litigio. Mientras el tren se aleja cumpliendo a rajatabla los horarios del reloj turístico, ¿hacia quién mostrar empatía? ¿Qué ser? ¿Cervatillo en Riotinto o cérvido ocasional de chancleta fácil y Canon rápida? ¿Voluntario bóvido del fin de semana o Bambi en Marte?...

domingo, 16 de marzo de 2008

La Niña de la Pirámide: de infancias perdidas, encrucijadas y laberintos

No se lleven a engaño, la Niña de la Pirámide no es la última sensación del quejío y el pellizco con subvención; se trata, más bien, de la hermana pobre de la Novia Cadáver, su versión hiperrealista de chándal de felpa y ojeras de aúpa. Si se molestan en buscarla, la encontrarán empurada entre las mesas que adornan la geometría mínima del Bar Pirámide, en la villa de Algámitas, expuesta al microclima del Ducados encendido, los aromas del jardín de la fritanga y las inflexiones fricativas de algún que otro cazurro-parlante.

Urgidos por el estómago y aconsejados por un lugareño, damos con nuestras presencias en el País de las Maravillas de nuestra Alicia particular: un tabernáculo cuyo más valioso don es un tirador de cerveza, un artilugio camp que nos resuelve el enigma de la nomenclatura del local: el tirador es una réplica de pirámide tebana, de cuyo eterno manantial fluyen sin medida litros y litros de cebada fermentada, como un encuentro en el tercer desfase entre el Nilo místico y el agüita amarilla de los Toreros Muertos. Y ahí, al otro lado, accionando el tirador, se levanta a unos palmos del suelo, la única e inimitable faraona, la Niña de la Pirámide, involuntaria instigadora de la necrópolis algamiteña, testigo del escenario del valle de los reyes caídos en el suelo de serrín del viernes noche, cuando a un vaso le sigue otro y así, hasta palmar.

Nos acomodamos junto a la entrada, hojeamos la carta y cambiamos a modo zampabollos. La criatura no para de apuntar platos en su libreta, y de todos ellos damos buena cuenta. La presumible madre de la Niña de la Pirámide asoma la cabecilla desde la ventana de la cocina, igual que los patitos, temblorosos, se descubren en las atracciones de tiro de una feria. La señora, a vueltas con sus ollas, platos y salsas de champiñón, es oronda como la mujer fetiche de Botero. Nos mira con curiosidad, nunca tan pocos habían acabado con tanto, pensará. Pronto acabará la primera mitad de su jornada, no así para la Niña; ella recoge las mesas, barre las colillas y recupera la simetría avasalladora de las sillas, los taburetes y los cubiertos secos y en su cajón.

Las paredes del Bar Pirámide también guardan un secreto críptico e impenetrable, el que equidista y extiende su embrujo a través del punto más alto del Peñón y la barrera invisible de los confines de la villa, esas dos extremidades sostenidas por las supercuerdas de un destino no elegido. No hablan de ello el curtido cincuentón con una parcela de césped artificial por mostacho y su eslava acompañante cuando piden un café a la Niña. Nosotros tampoco; hacemos tiempo y nos refrescamos en el baño- hipogeo al que se accede tras un descenso de escaleras donde (monstruos de la imaginación gótica) a uno podrían asesinarlo tres veces. Sólo en el último instante, cuando nos disponemos a marcharnos, atisbamos fragmentos del secreto.

Ya no queda nadie en el local; ha llegado la hora tranquila en mitad de dos estaciones de ingesta de cerveza. La Niña, sentada en un taburete en su lado de la barra, nos despide sin levantar apenas la cabeza. A nosotros nos cuesta andar. Ella, con una cuchara, da pellizcos a una tarta de chocolate que también sabe a las infancias que se pierden en el limbo.

jueves, 13 de marzo de 2008

¿Museas?


Quien no tiene un museo es porque no quiere. Con un “repellao” por aquí, una zoleta de las antiguas, algún que otro apero de labranza y el trozo valioso de una marmita pre-románica (o pósvisigótica) te monto una sala de exposiciones que ya quisiera el Louvre. No pueden faltar las fotitos de la época, los paneles enciclopédicos y la proyección audiovisual (ya, cómo nos faltaba material apropiado mejor contamos la historia de España y de Bizancio de paso. Por cierto, la versión en alemán se me hizo un poco larga....).


Así, al rebufo de la pasión cultural, del asiento gratuito, de la sombra reconfortante y del marketing aterrador, se multiplican los museos como los conejos de Australia. El del bandolero, el de la provincia, el municipal, el de los oficios, el de la campiña, el del condado del duque del patronato, el de los toneles de madera de roble con terminación en herrería isabelina y tallado... y así hasta el infinito.


Claro, esta es la versión refinada del asunto, la otra, la popular, la de la historia municipal, la de “hay que meter algo de cada época”, se nutre por igual de una piedra del calcolítico, de un resto del neolítico, de una ermita pre-moderna, de la vegetación de la campiña y de la fauna de los alrededores (ya digo, no podemos renunciar a nada que para eso estamos montando nuestro museo), o se pueden colocar igualmente los documentos que el historiador local guardó o fotografió en el archivo, los tipos de escopeta de caza, las fiestas populares y las recetas que los niños del colegio montaron en el mural (y denme ya un ansiolítico del siglo XXI que no aguanto tanta información junta...)


Lo que os decía, queridos amigos, quien no tiene un museo es porque no quiere y nosotros desde aquí, estamos ya pensando en montar el nuestro, nuestra particular versión del catálogo de los errores, del “soberao” de los muebles abandonados y de la trastienda de vestigios de la historia local que se erigirá, de aquí a unos meses (dennos tiempo que vamos a más) con el prestigioso premio internacional a la recopilación más caótica del patrimonio hetero-singular.

martes, 11 de marzo de 2008

Todos los días no son Domínguez

Epicentro cavernario de la zona sureste de la Península y supuesto eslabón perdido del neolítico mustiriacensis; así se nos presenta Setenil, fiel a sus humedades parietales y laberíntica cual sí misma. Por tanto, una vez presentado el origen geográfico del suceso me dispongo a relatar lo que allí sucedió...
Tras pasar por una espiral urbana atrapada en el triángulo de las Bermudas (dios!!) y una vez superadas las barreras esculpidas por el tiempo a base de callejuelas tántricas, siempre inoportunas, llegamos a una plazuela cubierta por todos los elementos que se le presuponen a una plazuela como dios manda: bancos adosados a la tercera edad, una decimonónica casa consistorial, una oficina de turismo (cerrada, cómo no...), un kiosco de revistas pergamínicas a prueba de fotosíntesis amarilla y sobre todo, un maravilloso local climatizado -Bar Restaurante Domínguez-, liviano de personal a esas horas intermedias y oasis de mi fe ocasional. Pues bien, esclavo de mí sed atrasada y del abuso de las cuatro ruedas -omiso a las veleidades del frescor natural de las cunetas vegetales mientras pierdes la mirada teletransportándote a otros mundos entretanto alivias el depósito...- me acerqué sin más con la única intención de cumplir la deuda con mi apretón miccionador, condicionante de mi paseo sabatino y previo a un bebercio recuperador. Dejándome llevar por mis pies y llevando en el pecho una medalla dedicada a la Santa Hermandad de la Fotografía surgió de repente la impactante figura del santo inquisidor del municipio (cargo similar al de cronista y cura del pueblo), Fray Domínguez de Setenil; ¡un millón de expulsados conversos lo lleven en sus diabólicos pensamientos!, que me abordó mirándome de norte a sur y de este a oeste, consciente de mi sana demanda y sobre todo altruista intención. El tremendo viriato, impostor del primer mandamiento de nuestra santa iglesia: dar de beber y de mear al pobre... y testigo del anonimato deseo de tanto individuo, fiel a sus necesidades humanas y carentes de pagar el impuesto revolucionario a cambio del desalojo interno, echó sobre mis espaldas la responsabilidad y las culpas de su fracaso diario y me dijo; chavalote, si no consumes no hay urinario. En fin, aterrorizado y superado por la verborrea reaccionaria del justiciero hasta se me olvidó a lo que iba y me perdí por la villa en busca de un final feliz a esta historia...

jueves, 28 de febrero de 2008

Misterios del condumio


Cómo acertar, queridos amigos, quién tiene en su poder el oscuro secreto del acierto a la hora de elegir nuestros lugares de comida. Quién sabe que bola saldrá en la ruleta azarosa de las ventas, los bares, las bodegas, los restaurantes y demás espacios de yanta qué encontraremos en nuestro camino.

Te puede tocar impar y falta, y te metes de repente en el restaurante de bonitas vistas y sólo alguna familia de nacionalidad sospechosa. Y claro, los precios están a la altura del mirador y las gentes locales brillan por su ausencia, como brilla el plato cubierto sólo de pobres patatas a falta de manjares más gustosos. (Ese filete arrugado y chicloso tenían un nombre exuberante en la carta, verdad?)

O lo apuestas todo al número de la suerte y preguntas a diestro y siniestro y te señalan el lugar señalado para las visitas. Pero claro, todos saben que vienes de fuera y que es el sitio para los que vienen de fuera (y hasta a ti te hubiese gustado quedarte fuera después de haberlo probado).

O aparece el trece negro y las ventas se convierten en ventorros fantasmas, y los filetes se estremecen en forma de steaks y los guisos no se encuentran ni en cincuenta kilómetros a la redonda (Pero por qué se marchan? –Tenemos un menudo que menudo el que se lo coma!!)

O sale rojo y doblas la apuesta y…(las posibilidades son infinitas…hagan juego, por favor, coloquen también las suyas)

Pero no desesperen, siempre queda la posibilidad de entrar en “La Bodeguita” porque todo pueblo que se precie tiene la suya, y acabar compartiendo con cazadores y jubilados un plato de chicharrones y una tapa de morcillica.

O meterte en el “Burguer-pub cafeteria-bagueteria-freiduría Pirámide” (o Dyanca o Templo o Hollywood o….sean libres para colocar los suyos que el repertorio es amplio) donde se sirven cubatas a la hora del café y postres a la hora del cubata.

O siempre, queridos amigos, te queda la opción de montar tu chiringuito alternativo; tu banco de parque, tu buen verdal de reposo, tu “merendeiro” abandonado que acoja con placer el taperware de los filetes empanados, las tortillas de patatas, las latitas de caballa y la certeza de haber apostado –ahora sí- al número que siempre toca.

viernes, 22 de febrero de 2008

Tres tostadas en Venta

La primera de las paradas estelares de nuestros itinerarios sin GPS tiene un claro destino; entregarnos al desgarrador macrocosmos de las Ventas universales que inundan nuestros caminos y que nos devuelven a la tierra después de meternos un charco de café junto a una descomunal tostada untada con zurrapa de origen multianimal –este alimento tiene la enorme virtud de agarrarse a la garganta como una mochila pocha y que no te abandona durante el resto del viaje-. En la antesala de estas despensas ambulantes se abre una explanada de autobuses llenos de jubiletas de permanente y rebeca y de vehículos repletos de domingueros demandantes de supuesta autenticidad, donde nunca falta la exclamación de algún urbaneto (símil del cateto pero aplicado al ámbito urbano) que se acerca a la verja alambrada y exclama viendo al bicho de cuatro patas: ¡Anda, pero si es un cerdo...! Una vez entras por el umbral de esa especie de santuario dedicado al santo patrón San Choriciano de la Miel Gloriosa observas como la manada de fieles se aposta en plan murciélago a la espera de una rebanada de pan que los embadurne durante toda la jornada de una sutil pero contundente mantecota colorá, y en este momento vuelve de nuevo a emerger la inocencia ingenua del urbaneto: ¡Anda, pero si esto viene del cerdo...! Pues una vez dentro nos acoplamos, al mejor estilo mandril, en la balconada que nos separa de los inquilinos del tostador perpetuo esperanzados en saciar nuestra hambruna glaciar. Pero la realidad no es justa con el Concilio, y a pesar de fundar el CZC (Colectivo de Zurraperos de Carreteras) y ser guardianes de la experiencia mística rural se nos acercó una camarera con forma de gallina culeca que después de varias filtraciones incorrectas y de oír nuestras plegarias alimenticias nos preguntó por vigesimocuartaprimera vez nuestra demanda matutina, el dictamen era claro: tres cafeses y tres molletes con todos los extras. Pasados treinta minutos de nuestro primer ofrecimiento y después de cambiar el hambre por el ofuscamiento se acercó de nuevo aquella presencia blanquecina y nos plantó tres sucedáneos de color café y tres semipanes con forma de oreja de burro y untado con suplementos que no habíamos pedido. Pero más fascinante que nuestra reclamación fue la respuesta de la extraña adicta a la secta ventariana: ya, pero es lo que hay..., suspiró suavemente y se fue. No nos quedó más remedio que imitar su último movimiento y también nos fuimos, sin dejar rastro y dejando tres tostadas en Venta...

jueves, 21 de febrero de 2008

Propuestas para la rehabilitación del patrimonio (1): Castillo de las Aguzaderas


La A-376, en su tramo El Coronil-Montellano, nos ofrece una estampa singular: un coqueto e inusual castillo escondido en una vaguada circundada por bajas colinas. La placa en la entrada nos refiere algunos detalles de la edificación, uno entre tantos otros Álamos moriscos en los atribulados tiempos de la Reconquista. Nos llama la atención su estatus de Patrimonio Nacional desde 1923. Tras una placentera vuelta de reconocimiento, nos agrada la notable conservación del edificio, a la vez que, descorazonados, nos topamos con los vestigios de esa particular arqueología del submundo (colillas, papelajos, condones, jeringuillas…) Nuestra imaginación no resiste las contradicciones de tal contraste entre sublimación y abandono, y emprende el vuelo en pos de esta primera entrega de nuestras “Propuestas para la rehabilitación del patrimonio”.

· Solicitamos la cesión en propiedad, sin cargo alguno por nuestra parte, del inmueble conocido y catalogado como Castillo de las Aguzaderas, Patrimonio Nacional, del que prometemos realizar una gestión lo más cristalina posible hacia nuestros intereses, y ambigua hacia el interés público, respectivamente.

· Nos comprometemos a recuperar el esplendor y señorío que corresponde a tal construcción mediante la puesta en marcha de una serie de medidas y acciones tales como:

a. Restauración y adecentamiento del solar y edificación del castillo, con cuyo objetivo crearemos una escuela taller para adolescentes díscolos de la comarca, quienes ciertamente se prestarán a esta tarea voluntaria, a golpe de cincel y rastrillo, con el mismo entusiasmo que un pelotón de boy scouts antes de una irrigación de colon (lavativa o enema). Apartados de las calles y del motazo indiscriminado, a los participantes se les instruirá en el noble arte de “la cementada”, o técnica de construcción consistente en transformar elementos del patrimonio en tabletas de turrón de Jijona.

b. Promoción y expansión turística hacia mercados internacionales. Una primera acción consistiría en la celebración de fiestas de la espuma para jubilados alemanes. La producción de este evento no escatimará en gastos para convertir el interior del castillo en un tarro de esponjitas, en la colocación de reflectores solares orientados a cada ángulo de la fortificación para garantizar el tostado de nuestros sonrosados amigos, y en la opcional recreación, Dios y el cartón piedra mediante, de la mismísima Benidorm…O, ¡qué coño!, ¡si hay que traer Benidorm hasta la Sierra Sur, se trae!

c. Celebración de un festival musical, exaltación telúrico- porreta a medio camino entre Stonehenge, Woodstock y una feria de ganado. El certamen pretende convocar a los fieles-litrona-en-mano de la Campiña y más allá con el reclamo de premios, actividades y atracciones como las siguientes: exposición de chupas de piel serrana, concurso “Banda Morisca” del año o lanzamiento de beodo con catapulta.

d. Construcción de nuevos modelos de vivienda, en concreto de la promoción exclusivísima de Lofts-granero de propiedad privada, con excelentes vistas a la torre del homenaje y acabados en piedra de más de 500 años.

Todo esto, queridos lectores, para decirles que, en esta España del ladrillo, nosotros preferimos especular con un castillo.

miércoles, 13 de febrero de 2008

El Peñón de Algámitas


Sí queridos amigos, el Peñón de Algámitas, una suerte de destino final, un mundo por conocer, una meta exótica en mitad de la nada, un código cifrado que parece guardar en esos vocablos el abracadabra de nuestro periplo, humildes vagamundos rurales. Claro que llegar al Peñón no es fácil, hay que sortear las ventas fantasmas, las curvas imposibles, los caminos equivocados (reconfigurando, siempre reconfigurando….) y hasta alguna que otra conversación deprimente. Pero nada es imposible si quieres alcanzar el Peñón de Algámitas; sortear las ganaderías, atravesar los mercados e incluso aterrizar en el tiempo pretérito de un lugar atrapado entre cerros, eslabones perdidos e incluso pirámides, son obstáculos mínimos, piedrecitas que el camino nos coloca para que no olvidemos la ruta.

martes, 12 de febrero de 2008

Ventorro fantasma


En la encrucijada real e imaginaria entre las provincias de Sevilla, Cádiz y Málaga; a la hora crítica en que el estómago se aclara la garganta, nos encontramos con una venta en el margen del camino. Como contamos con la única referencia de un GPS para el que, pasadas las horas, aún no hemos abandonado el lugar de partida, torcemos y estacionamos en una entrada sospechosamente vacía. Todo sea por el bien de un festín especular. Sedientos de guiso, predispuestos al cuchareo, atravesamos el umbral y nos damos de bruces con una barra desierta en la que se acodan dos o tres lugareños frente a la camarera, una Nefertiti del solárium, con la tonalidad epidérmica de un Cola-Cao después de un susto. Nos invitan a penetrar en la inmensa pecera que hace las veces de comedor del establecimiento. Rodeados por la única compañía de un centenar de comensales incorpóreos, sentimos el mismo impulso de volatilizarnos tras consultar la carta, pulcramente impresa en edición bilingüe, español - inglés. Demasiado tarde, las bebidas ya vienen de camino. Nos cruzamos las miradas, las perdemos al otro lado de ese ventanal idílico junto al que aspirábamos a tener una agradable ingesta de garbanzos. La legión de comensales ausentes nos señala con dedos acusadores con los que parecen burlarse de nuestra torpeza infinita. Para cuando nuestra Nefertiti nos ronda de nuevo para tomar nota, ya hemos decidido cuál será nuestro único gesto para con esta posada: terminarnos las aceitunas. La camarera se retira incapaz de entender nuestro desencanto ante el precio de la carne de vacuno. Algún que otro cuchicheo al otro lado de la pecera, y del infierno de los fogones de esta fonda fantasma surge la cocinera, amable señora, con todo su empeño puesto en vendernos las virtudes de un plato de menudo antes de un partido de fútbol. Pagamos en la barra y dejamos atrás las sillas y mesas inéditas del comedor; también nosotros nos retiramos igual que ánimas perdidas en los montes. Nos excusamos como podemos, no sin cierta empatía por esa señora que enfila el camino de vuelta a las ollas y las cacerolas, sin quizá haberse planteado- como la Nefertiti del solárium o los tres holgazanes que se la intentan trajinar- la respuesta a una simple pregunta: ¿para qué cartas en inglés en una venta fantasma?...

Manolo "el relativo"


Olvera es la cuna natal de Manolo, el relativo. Desde pequeño desarrolló esa gran virtud por la que hoy es conocido en medio mundo -él dice que en el otro medio también...-. Cuando contaba con siete años le relagaron por su cumpleaños el Fuerte Indio de Playmobil y el muy patán convenció a todo su colegio de que tenía en casa un ejercito de amarrones en pelotas para atacar la base americana de Morón; el niño apuntaba maneras y la madre se lo creyó. Después de realizarle diferentes pruebas paleontológicas y evaluarle el nivel de urticaria descubrieron la enorme virtud del susodicho: el niño relativiza como nadie. Años después, y como no podía ser de otra manera, la increible criatura terminó siendo el portavoz de las maravillas ocultas e invisibles de la capital del turrón del duro, lo nombraron interlocutor de los curiosos que se acercaban a Olvera. Pues bien, despues de visitar durante algo más de una hora las nueve zonas monumentales, los enclaves más importantes de Europa, una docena de museos únicos en su especie, el Cristo del Corcobadillo, los más de 1000 restaurantes de la urbe y un mercadillo único en el planeta por estar cuesta abajo, nos dispusimos a abandonar el municipio con el convencimiento de no encontrar otro que estuviese bajo los efectos de la teoría de la relatividad...

viernes, 11 de enero de 2008

Algunas señales para no perderse en el “Concilio de Trento”

Mirada

Predisposición por el extrañamiento, vecinos de lo extraordinario y enemigos de lo oficialmente trascendente. Viajeros de la indagación y no turistas del simulacro.

Respiración

No sólo inspiración, también espiración. Si sólo inspiramos podemos llegar a explotar, mejor encontrar el pulso de la vida, el ritmo de las cosas, el rocío de las gentes. Una respiración a la medida de nuestros deseos, bajo el parámetro de nuestras necesidades.

Anécdota

¿Qué es la vida, vivida en primera persona del plural, sino la constelación de sucedidos, encuentros y anécdotas para la que buscamos un esquema narrativo adecuado? Dentro de cada anécdota está la semilla de lo esencial.

Imaginación

¿Cuánta imaginación no hace falta para contemplar la verdadera realidad? Contemplar de veras el proceso de la vida ¿no exige una intensa participación emotiva en la contienda? Imaginar no para huir, no para evadirse sino para recrear, para comprometerse, para sentirse. Vivir imaginando, escribir recordando.

Lentitud

No tengas prisa, tómate tu tiempo. Todo llega a su hora, ni antes, ni después. La vida queda del lado de la lentitud.

Extravío

Toda intención de libertad precisa momentos de extravío. Perder para encontrar lo no imaginado. Perderse para encontrarse.